viernes, 13 de marzo de 2009

EN PRIMERA

Al abrir de nuevo los ojos, lo primero que veo es un uniforme azul marino reclinado sobre mí, una blusa blanca trata de escapar de él, pero un pañuelo le corta el paso. En el pecho, una chapa dorada con el nombre de Sandra troquelado en negro sobre una leyenda que reza “Auxiliar de vuelo”. Tiene unos ojos negros enormes, como de dibujo manga, y una mueca alegre por la que se escapa la luz blanca de su alma “¿Qué tal esta usted? ¿Se encuentra mejor?, asentí mudamente por reservar para mí el aliento que me faltaba, mientras trataba de averiguar, primero, donde estaba, luego, lo que estaba pasando y finalmente como había llegado a esta situación, escaso de aire, de pulso y de orientación.

Aquella mañana el despertador decidió dormir más que yo, miré pasmado la hora tratando de asimilar su información, parpadeé con fuerza, con la infantil intención de que al abrir los ojos de nuevo la suma de sus dígitos fuera menor. La cruda realidad se comió mi ilusión, maldije cien veces su estampa y la del chino que me lo vendió, que entre sonrisas y reverencias me decía “buen despeltadol, misma fáblica que Casio, señol”.

Salté de la cama y me metí en el traje que había preparado la noche anterior. Salí corriendo de casa arrastrando una maleta con ruedas, que, ajena a mis circunstancias me siguió resignada hasta el ascensor. En el descenso me anudé la corbata, me abotoné la chaqueta, me atusé el pelo y me ajusté el cinturón, justo cuando frenaba el descenso y yo, esperaba impaciente, que se partiera mi reflejo en dos, para salir disparado por el hall.

En la cafetería de siempre, atendida por el mismo camarero indolente, que en un alarde de sordera perenne, hizo caso omiso, a mí reiterado aviso de temple en la leche del café. Aunque, sólo me di cuenta al quemarme mis labios, de que allí no había más temple que el de él.

Escaldado, me introduje en un taxi en marcha en dirección al aeropuerto, no sé si por celo, por empatía o por estar más quemado que yo, pero el chofer transformó mis palabras de apremio en un acelerón. Perplejo observé como era capaz de tocar el claxon mientras rugía por la ventanilla, de la que se descolgaba, en ocasiones hasta medio cuerpo, para repartir improperios, agravios y adjetivos de baja calificación. Maldijo el denso fluir del tráfico, la inoperancia de los conductores limítrofes y las obras de Gallardón, aprovechando, los escasos instantes que permanecía en el interior, para buscar en el espejo mí mirada cómplice de aprobación. A lo que yo, no podía por más que asentir con gesto condescendiente, ya que me sentía culpable de ser, por lo menos a sus ojos, su instigador.

Finalizado el trayecto me adentré en el aeropuerto, volamos por los pasillos, yo y mí maleta, que hacía las veces de cometa, desde que leí en un letrero, junto al número de mi vuelo, una frase iluminada que decía “Última llamada”. Zigzagueé entre la gente directo a facturación, dejando un estela de disculpas que marcaban mi recorrido, cual baba efímera de caracol, con huellas de “lo siento”, “ostia que no llego” y sobretodo “perdón”.

Comencé la yincana en un mostrador, donde una señorita socarrona me dio la tarjeta de embarque, mientras me informaba con sorna que tenía diez minutos para no perder el avión. Con gran pesar me despedí de la maleta a la que había prometido llevar, pues volábamos en primera, por vez primera, ambos dos, puesto que pagaba la empresa, a la que mi currículo impresionó. Necesitaba llegar a tiempo, por lo que solté lastre temeroso del desastre de no llegar a la reunión.

Libre de rémora enfilé a la siguiente prueba: “Manoseo y Confiscación”. Por suerte no tuve premio y el arco no pitó, así que proseguí hacia la meta recomponiendo mi vestimenta, ante una agente taimada, que con mirada suspicaz, me decía con los ojos, ya volverás.

Pasillos interminables, cruces mil veces señalados, luces de colores y gente, mucha gente. Esquivo, recorto, pivoto y me monto en un pasillo rodante, mientras sigo caminando infatigable. En el pasillo de al lado una señora empuja un bebé metido en un carro. Compruebo con horror que me está alcanzando, no puede ser, aumento el paso pero no la rebaso. Ya, con más orgullo que prisa, me pongo a correr sin que se note como los atletas de marcha, mientras pongo cara disimulada, como de aquí no pasa nada. Pero me sigue a la zaga, se acerca el final, no me puede ganar, aprieto los dientes, frunzo el ceño y enfoco la recta final a mi máxima velocidad. Seguimos a la par, cuando apenas quedan cinco metros, un grupo de viejos ineptos me bloquean la salida, cortándome el paso y convirtiendo así, todo mi esfuerzo en fracaso, amén de hacerme ver cuan estúpido puedo llegar a ser, pues llevado por mi ofuscación recorría el pasillo en contra dirección.

Abandono el artilugio mecánico y corro presa del pánico al oír mi nombre dos veces en el altavoz, primero, una chica en español y luego un guiri, que hablaba más raro que dios, al que apenas entendí mi apellido y una coletilla que decía “last call”. Ya estoy en la Terminal, compruebo los carteles a cada lado, repasando con cuidado su enunciado. Busco con desespero la A 52. A cuarenta y nueve a Almería, hoy no es buen día, A cincuenta a Vigo, cómeme el higo, A cincuenta y uno a Logroño, no me toques el co… A 52 IB6830 BCN “Embarquen” la mía, por fin, enfilo hacia ella un poco más relajado, hasta que veo horrorizado, a la azafata de mi puerta estirar una banda, que a modo de barricada bloquea el acceso de mi vuelo a Barna. Gesticulo y vocifero con desespero "¡Espere que yo voy en ese vuelo!". Justo antes de anclarla levanta la mirada y comprueba estupefacta como corro en su dirección gritando a pleno pulmón “¡ESPERA! ¡ESPERA! ¡QUE VOY!”. Le debí parecer el mayor de los majaretas, y no os quiero ni contar lo que pensaría al final, tras verme tropezar con la moqueta y colisionar con la puerta corredera, que no cumplió su finalidad hasta que no hube rebotado contra el cristal. Igualmente humillado, avergonzado y agradecido por haberme dejado pasar, cojeé por pasillo metálico que une, siempre en pendiente, el avión y la Terminal.

En la puerta, azafato y azafata hacían guardia custodiando los flancos, ella con un aire, airado, él con una cara, encarada y ambos de brazos cruzados. Los sorteé cabizbajo haciéndome el disimulado, pero pude sentir, como dos estacas se clavaban en mi espalda cuando pasaba por su lado. Me siento en mi asiento, me cincho mi cincho y suspiro un suspiro que me deja en calma, por primera vez, en toda la mañana. Cerré los ojos, recosté la cabeza y mi cuerpo con enojo se tomó la revancha. Empezó a temblar por dentro, a palidecer por fuera, me hizo sentir frío, me hizo sentir calor y soltó toda su rabia en forma de sudor. La mirada se me perdió hasta que la encontró la azafata que se me acercó.

-¿Está usted bien caballero?- me preguntó, su voz me sacó del trance y quise mejorar al instante- un poco acalorado señorita pero no es nada- clavó sus ojos en mí y me lo volvió a repetir - ¿Se encuentra bien de verdad? No tiene buena cara –. Su dulce preocupación me sinceró - La verdad que me encuentro un poco mal, no me gusta volar y el día que llevo hoy no acompaña, pero en serio que no quiero nada, de verdad, muchas gracias-. Entonces, muy despacio se reclinó sobre mí, apoyando su brazo derecho sobre el respaldo de mi asiento, justo junto a mi oído, casi tocando mi pabellón auditivo. Su otra mano, la siniestra, que hasta ese momento reposaba en su hombro, se deslizó por la solapa izquierda de su chaqueta, descendiendo lentamente por su torso, recorriendo el contorno de su pecho, hasta la zona más prominente de su figura, desde donde se proyectó, cual pelota de frontón, disparada por la curva de la cesta del lanzador, hasta aterrizar suavemente en mi mejilla, con una dulzura sutil, que me dejó incrustado en la silla, preguntándome ¿Qué pasa aquí?. Clavó su mirada en mí, con aún mayor intensidad y se fue acercando lentamente, más y más. Entonces, me acarició tiernamente la cara y me preguntó directamente al oído, con el susurro más sensual de la película más erótica que jamás haya visto - ¿Está usted seguro, de que se encuentra bien? ¿Porqué no me acompaña y se toma un vaso de agua?-. – Si, si, si, se, se, señorita, balbuceé mientras me desabrochaba torpemente el cinturón de seguridad.

Por muy corriendo que entrara en el avión mentiría si dijera que no me había fijado en ella, pero mentiría aún más, si dijera que me había fijado lo suficiente. De una mujer así, un poco es bastante, bastante es mucho, pero mucho, nunca es suficiente. Me incorporé dispuesto a acompañarla al fin del mundo. Seguí sus piernas por el pasillo, con la cara de Tom Hanks en el papel de “Forrest Gump”. Iba hipnotizado con la cadencia de sus caderas, viendo como su pelo negro, escapaba en forma de cascada del elástico que lo estrangulaba, para bambolearse etéreo a media espalda, siempre en la dirección contraria a la que pisaba, en una persecución absurda de unos glúteos a los que nunca alcanzaba. Al final del pasillo, dobló una esquina y se introdujo en un habitáculo girándose sobre sí, justamente hacia mí, mientras usaba sutilmente sus posaderas, para apartar las cortinas, que flanqueaban la entrada, del compartimiento de las azafatas. Sin dejar de mirarme abrió una botella de agua, rellenó un pequeño receptáculo plástico y me lo brindó. Apuré la ofrenda y noté el agua resbalar lentamente por la pista de arena en que se había convertido mi garganta. Ella había retrocedido y estaba mitad de pié, mitad sentada, en una pequeña encimera que unía las dos paredes de la diminuta estancia. Extendí mi brazo, con gesto de niño bueno que se merecía un caramelo, pues había sido obediente al tomarse todo el néctar del recipiente. Por primera vez apartó la vista y sin decir nada, bajó la mirada hacia una pequeña papelera, que entre sus piernas afloraba. Tragué barro y me acerqué hasta situarme frente a ella. Retrocedió apoyándose con sus manos en el borde hasta que sus piernas quedaron suspendidas, se recogió la falda que se interponía entre el contenedor, el vaso y la trayectoria vertical de su caída. Lo liberé y éste descendió, en vuelo eterno, entre cielo y averno, para aterrizar certero en el agujero. Un brusco movimiento del avión me hizo perder estabilidad, mas sus muslos, con gran habilidad, me afianzaron por las bandas, haciendo presa a la presa para que no pudiera escapar.

Por los altavoces del avión el comandante se dirigió a la tripulación y a todos los presentes anunciando que el despegue era inminente. Cerré los ojos y traté de evadirme, de pensar en otro lugar, de imaginar el destino en vez de el final, un cosquilleo empezó a recorrerme el cuerpo como queriéndose escapar, un rugido en aumento hizo que se tensaran todos mis músculos, traté de tragar saliva pero ya no me queda, mis manos se atenazaron, mis piernas se pusieron rígidas y mis pies apretaron como pisando el freno, o el acelerador. Una presión invisible me mantuvo tenso, mientras el traqueteo aumentaba más y más y más. Finalmente una bocanada de aire me entró por el esófago, directa al estómago haciéndome expulsar nauseas, tensión y todo el ansia acumulada mientras una sensación de ingravidez me hizo flotar las entrañas.

Oigo campanas, parece el timbre de casa, pero de la casa de “Pin” y “Pon”, luego cientos de sonidos metálicos, estallando como una traca de trampas de ratón disparadas sin ton ni son. El breve silencio posterior es barrido por un murmullo sordo, mientras yo, trato de abrir los ojos. Con gran esfuerzo separo mis párpados, que parecen llevar cerrados un millón de años. Una silueta borrosa me habla, aunque no entiendo nada. Mi cuerpo está anestesiado, no puedo moverme ni decir nada, pero entre tinieblas reconozco su cara, es Sandra, le sonrío, pero apenas reflejo una mueca en mi cara. Le digo que es hermosa, que los ángeles tienen su alma y que el diablo querría comprarla, que la dulzura es ella y la sacarina son mujeres operadas. Hablo pero no me salen palabras, sólo ecos vacíos que no significan nada. Me da igual, es Sandra, la misma sonrisa, la misma mirada y el mismo vaso de agua, que de repente me arroja a la cara.

Al abrir de nuevo los ojos, lo primero que veo es un uniforme azul marino reclinado sobre mí, una blusa blanca trata de escapar de él, pero un pañuelo le corta el paso. En el pecho, una chapa dorada con el nombre de Sandra troquelado en negro sobre una leyenda que reza “Auxiliar de vuelo”.

4 comentarios:

Toral dijo...

me lo leí enterito.. jojojoj

impresionante!

]0[ dijo...

Eh, ¿Qué pasa? que yo también me veo todas tus fotos, jejeje. Parece que ya salimos de la hibernación y ya se os llenan los días de luz, a ver si nos vemos pronto por el mundo.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Eeeh Señor Doctor!! Me encanta cruzarme contigo pedaleando la vida y surfeando el viento.
Sigue asi, que cada vez hay más luz ;o)

]0[ dijo...

La luz que se refleja en mi cara de los espíritus libres que me cruzo por la mañana. Gracias.