martes, 8 de febrero de 2011

CIENTO OCHENTA GRADOS



Foto JorgeMiente.es http://www.flickr.com/photos/jorgemiente/

Atravesó la cortina de humo con furia, huyendo del calor y de la presión, huyendo de una situación que ya no tenía más solución que avanzar en esa dirección.

Mientras el mundo giraba a su alrededor su mente regresó, por unos instantes, a la habitación donde todo empezó.

En un mundo perfecto, nada de aquello habría sido cierto, no hubiera sido posible que al final del cuento las perdices salieran huyendo.

Veinte años tenían cuando prometían, y veinte años tuvieron de monotonía. Veinte años de cartas del banco, de viajes al trabajo, de niños llorando y de domingos tratando de esquivar los charcos.

Gris era el humo del cigarro, rojo el extremo que tocaba con sus labios, rubio era el tabaco, y rubio su pelo rizado. Tras sus enormes gafas de sol imaginó un mundo de pasión, de abrazos con desazón, de mordiscos sin respiración, de besos, de sudor y de polvos de ascensor.

Comenzó a viajar en el elevador cada día antes de regresar a su urbanización, aunque siguió poniéndose su reloj, y sólo tuvo valor, para alternar las mentiras con las promesas de amor. Tardes de llamadas con descaro anunciando trabajo atrasado, veladas veladas con la coartada de tener que ser cortadas para regresar a casa.

Día tras día, siguió sonando la melodía, cada vez más desafinada, mientras navegaba en una barca con un remo y dos anclas. Una ruta errante de un errante constante a la que decidió poner fin en un instante, soltando el lastre de babor y girando 180º el timón.

Rompió la parentela con una llamada cortada hecha desde la distancia, cobarde y atrincherada en su nueva morada. Quiso que al colgar alguien le abrazara, y le ayudara a pasar la velada más desvelada.

En el otro lado ella escuchó y colgó, luego descorchó y apuró. Sollozó y apuró, se limpió y apuró. El alcohol catalizó la irritación que avivaba la indignación, y que un sentimiento de vacío, la llevó a coger a los críos y marchar en cualquier dirección. Bebió, arrancó y apuró.

Luces borrosas de la madrugada por las gotas saladas que derramaba, pasaban discos rojos, verdes y ámbar. En el retrovisor una casa que se alejaba y dos criaturas dormidas que no preguntaban. Vista al frente, chirrido de frenada y vueltas de campana.

La velada más desvelada fue incrementada con la llamada de una ambulancia que le arrancó de la cama, le separó de su amada y le partió el alma.

Dos ataúdes blancos, uno castaño y un macabro portarretratos en el que estaban los cuatro. Eso fue lo último que vio, antes de meter la mano en el cajón.

La bala atravesó la cortina de humo con furia, huyendo del calor y de la presión, huyendo de una situación que ya no tenía más solución que avanzar en esa dirección.

Mientras el mundo giraba a su alrededor su mente regresó, por unos instantes, a la habitación donde todo empezó.

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